Citas favoritas: EXPIACIÓN (Ian McEwan)

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Editorial Anagrama Barcelona. Colección Compactos.

Traducción de Jaime Zulaika.

448 páginas.

ISBN13: 9788433976550

La califiqué con cinco estrellas en Goodreads:


Página 25:

Decía que no, pero quería decir “sí”. Por supuesto que ella interpretaba el papel de Arabella. A lo que objetaba era al “como tú” de Lola. No hacía de Arabella porque había escrito la obra, sino porque ninguna otra posibilidad se le había pasado por la cabeza, porque así era como Leon iba a verla, porque ella era Arabella.

Página 26:

[…] ¿qué iba a pasar con el vestido antiguo de satén crema y melocotón que su madre tenía preparado para ella, para la boda de Arabella? No iban a dárselo a Lola. ¿Cómo iba su madre a negárselo a la hija a la que había amado durante todos aquellos años? Al ver que el vestido se ajustaba perfectamente a los contornos de su prima y observar la sonrisa cruel de su madre, Briony supo que su única alternativa razonable sería en ese caso huir, vivir debajo de setos, comer bayas y no hablar con nadie hasta que un silvicultor la encontrase un amanecer de invierno, al pie de un roble gigantesco, hermosa y muerta y descalza, o tal vez con las zapatillas de ballet de cintas rosas…

Página 65:

Cecilia experimentó una grata sensación de que se le encogía el estómago, mientras contemplaba lo deliciosamente autodestructivo, casi erótico, que sería estar casada con un hombre tan cercano a la belleza, tan sumamente rico, tan insondablemente estúpido.

Página 107:

“Te perdonaría si creyeras que estoy loco, por entrar descalzo en tu casa o romper tu jarrón antiguo. La verdad es que me siento bastante aturdido e idiota en tu presencia, Cee, ¡y no creo que el calor tenga la culpa! ¿Me perdonarás? Robbie.” […] “En mis sueños te beso el coño, tu dulce coño húmedo. En mis pensamientos te hago el amor sin parar todo el día.”

Página 108:

En la universidad, donde Robbie descubrió que era más inteligente que muchos de sus condiscípulos, su liberación fue total. Ni siquiera necesitaba exhibir su arrogancia.

Página 113:

Una palabra resumía todo lo que sentía, y explicaba por qué reviviría aquel momento más tarde: libertad. Tanto en su vida como en su cuerpo.

Página 121:

[…] cogió el vestido de fiesta, el verde sin espalda que había estrenado después de los exámenes. Mientras se lo ponía aprobó la caricia firme del corte al bies de la seda de la enagua, y se sintió grácilmente inexpugnable, escurridiza y segura; fue una sirena la que se alzó para recibirla en el espejo de cuerpo entero. No se quitó las perlas, volvió a calzarse los zapatos negros de tacón alto, se retocó el pelo y el maquillaje, renunció a otra gota de perfume y en eso, al abrir la puerta, lanzó un grito de terror.

Página 130:

 Me gusta tu vestido.   – ¿Lo ves?   – Vuélvete. Precioso. Me había olvidado de ese lunar.

Página 135:

Consciente de que su madre la observaba, Cecilia adoptó una expresión de curiosidad divertida mientras desplegaba la hoja. Hay que decir en su honor que pudo mantener esa expresión durante el tiempo que tardó en examinar el breve texto mecanografiado, que asimiló entero de una sola ojeada: una unidad de significado cuya fuerza y colorido dimanaban de la sola palabra repetida.

Página 136:

[…] por supuesto, por supuesto. ¿Cómo no lo había visto? Todo quedaba explicado. El día entero, las semanas precedentes, su infancia. Toda una vida. Ahora lo veía claro. ¿Por qué, si no, tardar tanto en elegir un vestido, o disputarse un jarrón, o verlo todo tan distinto, o ser incapaz de irse? ¿Qué le había hecho ser tan ciega, tan obtusa?

Página 138:

La carta había aportado algo elemental, brutal, quizás hasta criminal, algún principio de tinieblas, y a, pesar de la excitación que le inspiraba aquel nuevo horizonte, no dudaba de que Cecilia estaba de algún modo amenazada y necesitaría su ayuda.

Página 139:

[…] nunca había oído pronunciar la palabra, ni la había visto escrita, ni la había encontrado señalada con un asterisco. Nadie en su presencia había aludido nunca a la existencia del término, y lo que es más, nadie, ni siquiera su madre, se había referido nunca a la existencia de aquella parte de ella a la que -Briony estaba segura- se refería la palabra. No dudaba de que aquello era lo que era. El contexto ayudaba pero, más que eso, la palabra y su significado eran todo uno, y era casi onomatopéyica. Los contornos huecos y en parte cercados de sus tres primeras letras eran tan claros como una serie de dibujos anatómicos. Tres figuras acurrucadas debajo de la tilde. Le asqueaba profundamente que la palabra hubiese sido escrita por un hombre, delatando una imagen en su mente, revelando una preocupación solitaria.

Página 141:

Tenía que haber un lugar majestuoso, divino, donde a todas las personas se las juzgase por igual, y donde no se les viese enfrentadas mutuamente, como en un partido de hockey vitalicio, sino, en toda su gloriosa imperfección, enzarzadas en ruidosa refriega. Si tal lugar existiese, ella no sería digna de él. Nunca podría perdonar a Robbie su repulsivo cerebro.

[…]

Estaba muy bien escribir Se sintió triste, o describir lo que hacía una persona triste, pero ¿cómo se describía la tristeza misma, cómo se pintaba de tal manera que se sintiese su cercanía enervante?

Página 143:

Quizás no fuese tan débil como siempre pensaba; al final, una tenía que medirse con otras personas: en realidad, en eso consistía todo. De vez en cuando, totalmente sin querer, alguien te enseñaba algo sobre ti misma. 

Página 158:

“Nada puede interponerse entre mí y la plena perspectiva de mis esperanzas.”

Página 162:

Su amistad se había transformado en algo incierto y hasta se había visto constreñida en los últimos años, pero seguía siendo un hábito antiguo, y quebrarlo ahora para llegar a ser desconocidos en una situación de intimidad exigía una claridad de propósito de la que momentáneamente carecían. De momento, las palabras no parecían ofrecer una salida. […] Su boca sabía a barra de labios y a sal […] y fue entonces cuando ella emitió el sonido de desfallecimiento, de suspiro que, comprendió el más tarde, marcó una transformación. […] Aquel sonido pareció penetrarle, perforarle de arriba abajo de tal forma que el cuerpo se le abrió y pudo salirse de sí mismo y besarla libremente. Lo que había sido cohibición era ahora impersonal, casi abstracto. […] La indefensión extrajo de ella otra vez aquel sonido, como un suspiro de desilusión.

Página 165:

Susurró el nombre de él con la parsimonia de un niño que ensaya sonidos distintos. Cuando él respondió pronunciando el nombre de ella, sonó como una palabra nueva: las sílabas eran las mismas, pero el sentido era diferente. Por último, el dijo las dos sencillas palabras que ni el arte malo ni la mala fe pueden abaratar del todo. Ellas las repitió, con exactamente el mismo leve énfasis en la primera palabra, como si ella fuese la primera en decirlas. Él no tenía creencias religiosas, pero era imposible no pensar en que había una presencia o un testigo invisibles en la habitación, y que aquellas palabras pronunciadas en voz alta eran como las firmas de un contrato inmaterial.

Página 167:

En aquel instante de repliegue él descubrió que hasta entonces nunca había odiado a nadie. Era un sentimiento tan puro como el amor, pero desapasionado y glacialmente racional. No había nada personal en ello, porque habría odiado igual a quienquiera que hubiera entrado.

Página 173:

Aquella decisión, como habría de reconocer muchas veces, transformó su vida.

Página 204:

Aferrándose a lo que ella creía que sabía, estrechando sus pensamientos, reiterando su testimonio, pudo apartar de su mente el daño que sólo de un modo tenue intuía que estaba causando.

Página 237:

Un ejército entero huía hacia la costa, armado con cigarrillos para combatir el hambre.

Página 375:

¿Qué iba a hacer ahora? No era la espina dorsal de una historia lo que le faltaba. Era su propia fibra personal.

Página 434:

¿Cómo podría ser eso un epílogo? ¿Qué sentido o esperanza o satisfacción reportaría a un lector un relato semejante? […] ¿Quién quisiera creerlo, salvo en nombre del más descarnado realismo? No podía hacerles eso. […] Ya no poseo la valentía de mi pesimismo. 


Debo también recomendar encarecidamente ver la  película que adapta esta novela: “Expiación, más alla de la pasión”, dirigida por Joe Wright. Cada escena es una obra de arte, la fotografía es inolvidable, la música una vía al paraíso y los diálogos en su mayor parte un muy fiel reflejo de la novela. Maravillosa de principio a fin.

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2 comentarios en “Citas favoritas: EXPIACIÓN (Ian McEwan)

  1. Me parece muy interesante esta sección de “citas favoritas” 🙂 El libro me encantó y es de las pocas historias que tiene una adaptación cinematográfica a la altura, así que yo también recomiendo la película a quien no la haya visto jaja

    Le gusta a 1 persona

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